El poeta, en su búsqueda de expresar con palabras la belleza del mundo para que el adulto la comprenda, dice de sí mismo utilizar la mirada del niño para ver la realidad. No es casualidad. Y es que el poeta reconoce en el niño un lenguaje metafórico, una visión asombrada de la realidad. Esto es debido a que el niño, mira por primera vez el mundo, y asombrado, es capaz de captar toda su belleza. Sin embargo, el adulto, acostumbrado, olvida la primera vez que lo vió.
Debemos pues, como docentes, escuchar al niño y al poeta. Ambos nos enseñan a mirar el mundo como si lo viéramos por primera vez, nos enseñan a admirar la belleza de lo que nos queda por descubrir y la grandeza de lo que conocemos. Nos enseñan a valorar lo que por costumbre hemos olvidado.
Si cometemos el error de perturbar al niño, seremos culpables de que se acostumbre a ver la realidad. Tal y como nosotros. Perdiéndose así, la mirada que con ansia busca el poeta.
Lo mismo ocurre cuándo, como docentes, frenamos la creatividad de nuestros alumnos. Lo que les hace ver el mundo desde otra perspectiva, a nosotros nos resulta inapropiado, debido a nuestra costumbre.
Pongámonos los ojos de nuestros alumnos, para buscar su mirada curiosa, comprender desde su perspectiva la vida y lo que necesitan de ella.
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